Mi tío (Mon Oncle) – 1958

Arquitectura del humor absurdo

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La primera vez que ese clásico de la comedia francesa que es Mon oncle (Jacques Tati, 1958) se emitió en una cadena española fue el 16 de noviembre de 2004 en ese maravilloso programa cinéfilo de RTVE presentado por José Luis Garci: ¡Qué grande es el cine! (1995-2005), que acercó casi 500 clásicos cinematográficos a los hogares de este país. De los veinte minutos del coloquio habitual en torno a cada película, la arquitectura fue uno de los temas que más ocupó el interés de los tertulianos invitados para presentar este film.

Esto no se debe solamente a que Villa Arpel sea uno de los edificios de diseño más icónicos de la historia del cine, sino también a que desde el primer plano, en el que los títulos de crédito son presentados como los carteles de una obra mientras se escucha el ruido de una construcción, la arquitectura de esta película juega un papel protagonista, pues es el continuo contraste entre dos espacios perfectamente marcados —por un lado, el universo de la familia Arpel, símbolo de la modernidad, y, por otro, el del tío Hulot, interpretado por el propio Tati, de la tradición— lo que va a generar el humor absurdo con el que el director refleja su propia visión del París de finales de los cincuenta.

De esta manera, tenemos a un matrimonio perfecto formado por un marido que desempeña un alto cargo en una empresa de plástico, por una complaciente mujer guardiana de la casa y por un hijo que todavía no es consciente de a qué lado está inclinado, frente a un solterón desgarbado que acaba mendigando un empleo en la fábrica de su cuñado; un peculiar chalet de un minimalismo cuadriculado y futurista que, construido con materiales artificiales, es esclavo de la tecnología, de un escaso mobiliario y de un diseño situado en el extremo de la disfuncionalidad, frente a un ático sin ascensor en un edificio antiguo repleto de pequeñas viviendas; ruido de electrodomésticos que impiden la comunicación frente al incesante rumor del barrio; un tranquilo restaurante de lujo amenizado con un pianista en directo frente al coro de ebrias voces en una cantina; un atasco de coches producidos en cadena frente a ligeras bicicletas destartaladas y carros tirados por caballos; una fuente con forma de pez que es encendida si las visitas son de alta categoría frente a un pescado que espera a ser adquirido en un sucio puesto del mercado. Incluso Tati asigna diferentes paletas de colores (tonos fríos y planos que se oponen a una gama cromática más viva y variada), a la vez que decide privar la rutina de los Arpel de la alegre melodía característica con la que siempre acompaña las andanzas de monsieur Hulot.

Sin embargo, ambos mundos se ven comunicados físicamente por una valla rota y, simbólicamente, por el pequeño Gérard, que emprende aventuras delirantes con su tío hasta que el señor Arpel decide exiliarlo en una fábrica lejana para apartar a su vástago de las malas compañías. Padre e hijo se reconcilian mientras vemos cómo unos obreros derrumban uno de los viejos edificios que aún sobreviven en el barrio.

Un final, pues, muy significativo para esta sucesión de gags (tiende al cine mudo al carecer de un argumento fuerte y de diálogos marcados) que mereció el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1958 y del que se desprende una amargura ante el imparable avance de una modernidad tecnológica, absurda en ocasiones e inasequible para muchos, que engulle a su paso los valores humanos presentes en la tradición, que acentúa la diferencia de clases y que deja perdidas a innumerables almas que deambulan por estos tiempos modernos como los perros vagabundos del film.

Punto fuerte: La expresividad de sus alegorías y la validez actual de su mensaje, a otros niveles, claro.
Punto débil: Caer en el error de no comprenderla como una sucesión de gags hilados por un mensaje común.

Puntuación: ★★★★☆

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